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Evaluar por la cantidad y calidad de las preguntas, no de las respuestas

Las notas hay que ponerlas por cuánto y cómo pregunta el niño. Cuanto más pregunta — más alta la nota. Es una evaluación de la curiosidad, de la implicación, de la valentía de arriesgarse y parecer «el que no sabe». Así se forma una cultura donde preguntar es genial, no vergonzoso. El niño tiene que entender claramente: la comunidad no lo va a juzgar por preguntar, al contrario — lo va a respetar, porque asumió el riesgo y no tuvo miedo de parecer tonto. El sistema actual hace lo contrario: castiga los errores y las «preguntas tontas», y como resultado los niños se convierten en adultos que tienen miedo de preguntar en una reunión, tienen miedo de admitir que no entienden algo — y así viven toda la vida con lagunas que se podrían haber cerrado con una sola pregunta a los 10 años.